Cada época del año trae una fruta. Los membrillos son quizás de esas frutas difíciles de comer de forma directa, son muy “aspros”, decía mi abuela, pero a la vez rara era la casa que no tenía su membrillero en un rincón de la huerta. Cuando ya estaban maduros se iban cogiendo y se colocaban por estantes y armarios por su aroma y apreciado olor, como perfumadores ambientales naturales.

Los membrillos, los “codoños”, llegaban en tiempo de “vendema” y con ellos se hacían varios productos, la “carne de membrillo”, producida tras una larga cocción lenta del membrillo, con azúcar y un poco de limón, y el “mostillo”, que hoy diríamos propio de la cocina fusión, pues utilizaban los recién recolectados membrillos de la huerta, con el mosto, de las uvas criadas en las mejores tierras de sarda en el monte, en el secano.

Tras la vendema o vendimia, además de un buen vino, en casa se hacía, entre otras cosas, el rico mostillo, uno de esos dulces que servían para las meriendas de final de verano y parte del otoño. Membrillo, mosto, azúcar, nueces y harina, todo ello cocido, dejado cuajar en moldes, que luego se iba cortando a láminas, que puestas sobre una rebanada de pan, era la merienda de esa temporada.

Lo peor del mostillo era que, cuando lo hacían, podías estar merendando mostillo todas las tardes durante un mes seguido, hasta que se terminaba, y casi lo llegabas a aborrecer.

Para colmo, un amigo mío, cuya familia tenía tienda de ultramarinos, merendaba cada día una cosa distinta: bocadillos de mortadela, de chorizo o salchichón de barra, cortado en lonchas finas. Así que cuando yo iba a casa, a por la merienda, esta era casi siempre monótona, siempre en rebanada de pan de cinta, que cundía más y por más que le lloriqueaba a mi abuela, pidiéndole bocadillo de salchichón, lo más que obtenía eran sendos golpecicos en mi cabeza con los nudillos de sus dedos, a la vez que decía: “¡Sal, chichón! ¡Pues no sale!” Y volvía a darme, con la misma fórmula, “¡sal, chichón!”, y yo lloriqueando le decía: “de ese no, del que se corta y se pone en barra de pan”. ¡Membrillos exquisitos!

Miguel Ángel Gargallo Lozano (Villamayor de Gállego)