Ha venido el Royo, que vayas a esquilarle el macho, que empentes la puerta y, si no está abierta, la llave estará en la gatera.

En mi casa, lo habitual era que entraran al patio, llamaran a mi madre para que le diera el recao a mi padre para que entrara a las cuadras de las casas a esquilar los abríos. Esta faena la realizaba a las cinco o las seis de la mañana, antes de comenzar las tareas en el campo.

En el cuarto bajo de mi casa y en la cuadra se guardaban azadones, azadillas, la dalla, zoquetas, barrales… pero también unas tijeras grandes, una máquina de cortar pelo, torcedores (que son unas piezas de madera para inmovilizar la boca de los animales que eran muy nerviosos o guitos), una máquina grande de tres patas y una manivela que servía para esquilar ovejas; más de una vez me tocaba darle al manubrio en huertas o parideras que no tenían luz eléctrica, como en la Capitana.
En el mes de mayo empezaba la temporada de esquilar ovejas, un oficio muy duro por tener que estar en una difícil posición, con el cuerpo inclinado y moviendo animales desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. La mañana empezaba en la paridera, con la presencia de la botella de cazalla y un botijo al lado; sería para calentar el cuerpo antes de la dura faena que les esperaba.
El cubierto de la paridera estaba separado por las canales donde se echaba de comer los alfarces a los animales. Los dejaban desde el día anterior para que sudaran y fuera más fácil esquilarlas, ya que el sudor favorecía que los peines se deslizaran mejor a la hora de introducirse para sacar el vellón de lana. La máquina se colocaba en un lugar amplio, bajo el mismo cubierto, para poder moverse bien, ya que era eléctrica, con unos brazos articulados y un cardan. También había que hacerle un hueco a la afiladora de los peines y el repuesto de la máquina.

Aún recuerdo el ruido que hacía cuando se conectaba y la vibración que producía. Entonces llegaba el momento de coger a las ovejas por la pata trasera y trabarlas atando las patas delanteras y traseras todas juntas. Tras dejar a la oveja en el suelo, se la acercaban a mi padre y empezaba a esquilarla de un costado, luego del otro costado; más tarde colocaba a la oveja como si estuviera sentada, le soltaba la cuerda de la traba, cogía su cuello entre las piernas y así podía esquilar toda la tripa.

Una vez esquilada y antes de soltarla, había que vigilar por si tenía alguna herida producida por la máquina. Entonces se le aplicaba ceniza, carbón o zotal para desinfectar la herida. Antes de esquilar a la siguiente oveja había que recoger el vellón de lana para meterlo en sacas y venderlo. Los pastores se dejaban los mejores vellones para renovar sus colchones de lana.

Era costumbre ir a casa de los pastores a cobrar el esquileo, momento en el que se preparaba una suculenta merienda en la cual se charraba amigablemente y se contaban anécdotas mientras se daba cuenta de las buenas viandas y el buen vino.

Juanjo Moreno Artiaga (La Almunia de Doña Godina)