En llegar mayo, la primavera explosiona con la aparición de millones de flores que tiñen de colores las praderas y montes de Cerveruela. Con el calor del sol y la lluvia, las plantas revientan con un crecimiento que es una barbaridad, de modo que la hierba de los praus es capaz de multiplicar por cinco su longitud en pocos días. Es entonces, pasado ese primer arreón, cuando toca limpiar y arreglar la zaica. Porque, malas que pasen las lluvias y el calor de junio se haga todavía más intenso, a escape las huertas pedirán riego.

Lo hacíamos un sábado, madrugando un poquico, convocados por los más mayores, que nunca perdían vez en cuanto a las tareas hortelanas se refiere. A la jornada había obligación de acudir al menos una persona por cada hortal regado de la media docena, no más, que por entonces quedaban en uso, y así entre todos, la faena quedaba bien repartida. Trabajo a concejo, como siempre se han hecho los trabajos comunes por estos lugares.

La zaica, en su tramo de riego junto a las huertas, solía estar en buenas condiciones de mantenimiento. No en vano, cada dueño tiene el deber de limpiar y mantener el tramo que corre paralelo a su huerta durante todo el verano. Pero arreglar la zaica en el tramo que transcurre entre el azú y las primeras piezas de la Güervecica ya es harina de otro costal.

Durante ese ciento largo de metros, la zaica corre paralela al río por su orilla, arañada prácticamente a la cantera de la montaña, sin más acceso que el que supone el propio canal. Así que toca meterse en ella con las botas de agua y remontarla aguas arriba hasta alcanzar el azú, la barrera de piedras sobre el mismo río donde se deriva el agua del riego. Hay que avanzar con las hoces, cortando zarzas, juncos y hierbas que se cruzan y vuelcan sobre el curso de agua, impidiendo que esta corra con la fuerza suficiente. En ese tramo, con la humedad permanente del río, todo parece crecer todavía más deprisa, y de una limpieza a otra uno siente como la naturaleza siempre te recuerda quien marca el paso y quien se ajusta a él, con un trabajo que, como tantos otros, pertenece a las labores ligadas al ciclo natural anual.

Abierto el primer paso y llegados al azú, toca ahora reconstruirlo. Castigado por las riadas del invierno, las piedras han sido arrancadas y arrastradas por la fuerza del agua que se ha llevado en banda no sólo la mitad del azú, sino a veces también incluso algún árbol de la orilla, y no pequeño (cuando caen buenos nevazos, seguidos de días de calor que regalan con rapidez la nieve, las riadas pueden tener una fuerza bárbara, ¡mucho más de lo que uno se puede imaginar!). Entonces, con el agua por la altura de las rodillas, toca recoger las piedras del fondo del río y devolverlas al azú para, a continuación, llenar unos cuantos sacos con la grava del mismo fondo, tirando un hombre de jada y otro de pala. El trabajo cunde, y al rato el azú ya se ve recuperado en altura con las fugas justas. La consecuencia es que el agua comienza a derivarse con fuerza hacía el zaicón, hasta canalizarse poco después por la zaica propiamente dicha.

Ahora, es la misma agua con renovadas fuerzas la que arrastra la broza cortada en el viaje de ida, hasta replegarse en crecientes montones que tocará retirar del curso de agua. Así, poco a poco, cortando más broza y echándola a los lados (en algunos tramos no encuentras ni el hueco donde depositarla) vas tornando hacia los huertos, dejando la caja totalmente limpia. Al correr el agua, se detectan también las fugas hechas por los topos, murgaños o la propia erosión del agua, que siempre encuentra veta. Entonces, para evitar que las fugas crezcan, toca cegarlas ayudándote de los cespedes y el tarquín que se acumula por algunos tramos en el fondo de la zaica.
Por fin, llegas al primer gallipuente que indica la llegada a las huertas de la Güervecica. ¡El trabajo está rematado! Es el momento de compartir todos juntos la satisfacción del trabajo bien hecho con un bocado y un trago de vino. Entonces te das cuenta de que llevas una buena sudada, algún arañazo por los brazos y buena parte del cuerpo chipiado, consecuencia de chapurcar con las herramientas y el agua durante toda la mañana. Pero no te importa. Miras la zaica y da gozo ver la fuerza con que corre el agua.

Otro ciento de metros más allá, hacía abajo, está el batidero por donde una tajadera devuelve el agua al río en caso de que en ese momento nadie necesite regar. Porque eso sí, con la vez de riego mejor ir con cuidado y respetar bien los turnos, porque como decían antes, “por trillar y regar, todo es pleitiar”.

Originariamente, esa zaica era capaz de llevar el agua varios cientos de metros más abajo, con capacidad para regar multitud de huertas, haciendo una trazada capaz de asombrar a los mismos topógrafos. Pero los hortales más lejanos hace ya muchos años que se fueron abandonando, porque cada corro que se deja de cultivar, el dueño deja también de hacer el mantenimiento de su tramo de zaica correspondiente, lo cual acumula más trabajo para los usuarios situados aguas abajo. Así que, poco a poco, los regantes del tramo más lejano fueron desertando hasta quedar sólo los hortelanos del tramo alto, más próximos al azú.

Hoy, sin embargo, ya faltan huertos y brazos para limpiar la zaica. Los años pasan y la mayor parte de los huertecicos del pueblo no encuentran recambio generacional. Como otros azús y otras zaicas del término antes, quizás el fin de esta zaica nuestra esté cerca. ¡O quizás no! Quien sabe… Quizás un día cercano los más jóvenes quieran regresar a los pueblos, a los huertos. A reencontrarse con la nobleza del trabajo físico, de quien produce una parte de sus alimentos con su propio esfuerzo; con sus manos manchadas de tierra y sus pies conectados a la tierra. Con el agua corriendo por las zaicas y regando sus huertas. Al fin y al cabo, no somos más que una pequeña parte del gran ciclo de la vida que, aún sin darnos cuenta, no hace otra cosa que girar una y otra vez. El huerto, esencia de la vida misma.

Raúl Vicente – Asociación Cultural La Chaminera que humea (Cerveruela)