Mi madre, nacida en Sádaba por los avatares de la Guerra Civil y criada en Almonacid de la Sierra, nos contaba las historias de su abuelico Babil, mi bisabuelo, en su pueblo de Luesia, allá en las Cinco Villas.

Babil era pastor y se pasaba todo el día pastoreando el ganau por las estribaciones prepirenaicas de la Sierra de Santo Domingo. Vestido con sus inseparables abarcas, su morral y su bastón, se levantaba apenas aclarecía el día y conducía sus ovejas entre aborrales, zaborras y chordigas en busca de un buen bradinal donde pasar el día.
En el morral llevaba su avío, que degustaba mientras ponía a acalorar el ganado una vez degustada la yerba.
Cuando ya estaban empapuzadas de alfarces, las muy lamineras, Babil emprendía el regreso al pueblo, donde llegaba entre dos luces.

Alguna tarde, el ganado borruntaba tormenta y Babil como buen pastor, andaba ligero para ponerlas a la salvo de la pedregada.

Babil no tenía ortal, pero plantaba lino, del que su mujer Elena sacaba la hilaza que convertía en tejido para cubiertas y manteles que todavía conservamos como oro en paño.

Mi abuelico Babil no hablaba casi nada, nos decía mi madre, “era analfabeto” y firmaba con una cruz porque no sabía de letras y números, pero sus ojos estaban llenos de la bondad de las personas sabias, y cuando llegaba el día de fiesta, arrejuntaba unos reales que llevaba en el bolsillo y me decía: “toma moceta, para que te compres un lamín”.

Carmen Barra (La Almunia de Doña Godina)